miércoles, 28 de marzo de 2012

Palabra de Dios.


Sábese que la publicación del “revólver místico” (El ocho de diciembre: Tributo católico a María) fue para unos indicio inconcuso de la decadencia de Florencio; para el sr. Caro origen de la polémica sobre la prosa teológica en sonetos, rifirrafe que distanció finalmente a los dos colegas y correligionarios. Si bien no defendemos el citado opúsculo, aducimos un ejemplo de que la fe de Pombo sí produjo obras muy legibles, como el siguiente soneto:

El arco iris.

aún vibra el trueno, y surge entre neblina
la improvisada fábrica preciosa
de oro, esmeralda, azul, violeta y rosa,
pura, impalpable, etérea, cristalina.

Vio aquí el griego a su alada peregrina
y de sus dioses mensajera diosa;
y Noé, cuando el arca en salvo posa,
vio de perpetua paz prenda divina.

Dios habla en todo: su palabra es su obra,
y esta visión que glorifica el duelo
sonriendo al bajel cuando zozobra,

hija ella misma del voraz flagelo,
nos dice: «¡ven, tu patria te recobra!
¡Hé aquí tu arco triunfal de entrada al Cielo!»

Noviembre 13: 1898.

Ecos virgilianos.


Muestra de nuevo Pombo que las composiciones de circunstancias no son enteramente estériles, como este soneto epitalamio que recuerda un lugar virgiliano.

Nota de Virgilio.

(A Hortensia Antommarchi de Vásquez en el matrimonio de su Annina).

Ni el pecho para sí su néctar cuaja,
ni para sí la mar sus perlas cría;
no fue para el cantor su poesía
ni para el seno maternal su alhaja.

Pero ¿es feliz quien para sí trabaja?
¿Quién halló en sí su propia granjería?
¿No es Trino el mismo Dios? ¿No se gloría
cuando a inmolarse por los hombres baja?

Oro es para el poeta un verso suyo
cuando vuelve de lejos a su oído
dentro de un corazón que lo embalsama.

Y, ¡oh madre!, tu hija es más tesoro tuyo
cuando a ti vuelve doble, en otro nido,
que no menos que tú prueba que ama.

La renovación y la muerte.

La renovación y la muerte.
En “la tarde de la vida, árida y fosca”, menudean las reflexiones sobre la vida presente y la futura, el tedio y la esperanza.

Cuerpo y alma.

Vibra un rayo de luz el sol naciente,
sobre un negro rumor de catarata,
y enciéndela en vellón de nieve y plata
posando inmune en su tropel hirviente.

Ella no es una, es mil, no hay quien las cuente;
gota a gota se forja y desbarata;
pero su mismo vértigo aquilata
del rayo etéreo la virtud potente.

Hé aquí el alma, inasible, intacta, fuerte;
y una siempre entre el rudo torbellino
de la renovación y de la muerte.

Cuando ya no ande para mí el molino,
¡piérdete en el fangal, ceniza inerte!
¡Torna, oh luz, a tu fuente, al sol divino!

Mayo 14: 1897.

Pasión crepuscular.


Con más de sesenta años, plasma Pombo en un soneto el deseo sobre el fondo de la vejez. Tórnase en David anciano, consorte de la joven Abisag.

Abisag.

Prenda de nueve lustros de delirio,
instantes de oro y siglos de desvelo;
flor de la leche y sangre y caramelo
de quien fue al par mi gloria y mi martirio:

Cuando ya soy un esqueleto, un cirio,
cuando puedo y debiera ser tu abuelo,
vengo a verte, ¡ay!, en punto de buñuelo,
botón al reventar de rosa y lirio.

Para mí, ¡tarde piace!...[1], pero ancora
si te dignaras «fomentarme» un día
cual piadosa Abisag al Rey Profeta,

nueve lustros de sed, más la demora,
capital e intereses, cobraría;
y tú el último aliento del poeta.

Mayo 20: 1895.

Las funciones maritales de Abisag, empero, reducíanse a calentarle el lecho al rey, a fomentarlo, según la autoridad de 1 Reyes 1: 4. Véase, en contrario, el cuadro de Pedro Américo.


[1] Parece que la frase no es italiana. Ocurre en refraneros del siglo dieciséis, Covarrubias la trae y Correas le dedica un buen párrafo, asentando que su valor es: “Tarde piache: hablar i akudir tarde”. La frase alude al polluelo que no pía a tiempo y sufre las consecuencias de su tardanza. De la ortografía indica: “Piache se dice a lo enfátiko i niño, por ‘piaste’ de ‘piar’”. Corominas lo explica por el origen gallego de la frase, parecer sancionado por el DRAE.

Contra la metricomanía.


Censurando de nuevo los excesos poéticos, sienta Pombo cátedra recomendando el soneto como forma más exigente para los aspirantes a poetas. He aquí la razón de su preferencia: “Yo escribo versos y verdades; cuando son sólo versos tomo cualquier metro; pero cuando uso el verso como eficacísimo medio nemotécnico para cristalizar, no fantasías, ni sentimientos, sino verdades, prefiero el soneto, que es la forma métrica en que, casi espontáneamente, se me cristalizan las verdades”.

El soneto.

Cansó por fin al dios Apolo un día
tanto versificado mamotreto
que para su escrutinio y pase o veto
el mundo entero a su despacho envía.

Las Nueve, que a su honor Júpiter fía,
estaban descuidadas por completo;
ni hora de canto, ni estirón de asueto
dejábales la metricomanía.

Entonces fue cuando inventó el soneto
por máximum legal de poesía,
y que fuese todo él tan puro y neto

que una palabra o sílaba baldía
costase al seudo Píndaro indiscreto
su expulsión de la poeticofradía.

1894.

Visiones.


Cuando Florencio (alias del poeta en su madurez, como lo fuera Faraelio en su juventud, según dato de Orjuela) frisaba los sesenta, se entrega a la reflexión, apartado del mundo. En los sonetos que copiamos, cuyo título no indica mayor cosa, parece hablar con la musa o con su ángel guardián o bien con el arquetipo de la belleza. Domina la composición un tono íntimo y misterioso.

Primera página.

Zilia[1]... soy yo. ¿Te espanta la voz mía?
Tú la escuchaste siempre sin recelo,
alma que alzaba con la tuya el vuelo,
a esferas de verdad y de armonía.

Si hoy vuelvo a esta región triste y sombría
ya emancipado del terrestre velo,
no imagines que te hablo desde el cielo,
ni que en tu busca Satanás me envía.

Ni el bien ni el mal me abrieron su infinito.
Tú me verás cual fui, cuando mi nada
del sumo juez se reincorpora al grito.

Plúgole en tanto darme otra morada
y que en breves visitas te relate
cual goza y pena en otro mundo el vate.

II

Problema.

Si el árbol por sus frutos se delata,
si de lo vil lo celestial no brota,
¿cómo del fango que la mente embota
surgir beldad que eleva y arrebata?

Si todo sueño es fábrica insensata
que recuerdos revuelve y escamota,
¿de dónde tú, mujer perfecta, ignota,
y amarme así cual mi gemela innata?

¿Dios no te envió? Si estabas en mí mismo
invisible hasta hoy, cuando del mundo
palpo el vacío al fondo del abismo,

hoy salvadora te quitaste el velo,
como al fin se descubre al moribundo
su ángel guardián para llevarlo al cielo.

Ahora de manera clara, refiere el poeta una visión nocturna en que se le presenta una hermosa:

Beldad soñada.

1.o Ella.

¿De dónde a mí viniste, o de qué modo
te creé yo mismo, angélica doncella,
bella sin par, y amante a par de bella
que anoche, en sueño, me endiosaste todo?

¿Cómo de un sueño en el fugaz periodo[2]
se hizo un edén, cuya radiante huella
tibia aún en mi espíritu destella
aunque impalpable de la carne al lodo?

Ideal quizás que traje yo de arriba,
tú me diste una vida en una hora,
y luego te velaste al sol esquiva,

vaso del puro néctar que atesora
el cielo para mí, mi alma cautiva
ansía volar donde tu fuente mora.

Julio 10: 1894.


[1] Aunque Zilia es personaje de un par de novelas francesas del dieciocho, parece un personaje propio de Pombo.
[2] Nótese que Pombo ya acentuaba grave, muestra de que la acentuación esdrújula cayó en desuso hace mucho tiempo.

El tipo latino.


Ya habíamos copiado los versos de Faraelio a las yanquis de Broadway, en que enumera de paso los atractivos de las hispanas. Vuelve a referirse al tema en redondillas fáciles y risueñas, en que estampa su idea de la belleza femenina.

Mi tipo.

La belleza en la mujer
no es cuestión de Padre Astete,
y el que en tal molde la mete
muy bobos nos quiere hacer.

Tal vez querrá colocar
dos o tres hijas tarascas,
o de amorosas borrascas
a un hijo alegrón salvar.

Mas yo entiendo la cuestión
como estrictamente estética,
y no ha de tachar de herética
ni un Santo mi solución:

Que la norma en la belleza
es variable y contingente,
porque cada cual la siente
según su naturaleza.

La insípida el tonto adora,
el sabio la intelectual,
y cada hombre su ideal
halla en donde se enamora.

Yo, por hoy libre y vacante,
diera el voto a una morena,
forma esbelta pero llena,
con faz correcta y picante.

Ingenua expresión de niña
con ojos de horno que quemen,
y labios de esos que tremen
como provocando a riña.

Belleza meridional
de alma y línea decidida;
no esa inerte y desabrida
de corderito pascual.

Acaramelada tez
más bien que batido blanco,
tipo ardiente, activo y franco,
no de angélica insulsez.

Candor de cielo en el rostro
con un infierno inconsciente,
algo que encante y que tiente,
querub con visos de monstruo.

De monstruo que me devore
y que a la vez me arrebate,
que adorándome me mate
e insultándome me adore.

Quiero una beldad dramática
no una sílfide de idilio:
una Dido de Virgilio
más que una Ofelia[1] linfática.

No una lánguida, pasiva,
igual, pintada hermosura;
sino agridulce en ternura
y gratamente agresiva.

Y, sin jugar[2] del vocablo,
diré que mi musa, en fin,
ha de ser un serafín
salpicadito de diablo.

Bogotá, abril: 1892.


[1] Dice el Larousse: Personaje de Hamlet, tragedia de Shakespeare y una de sus más deliciosas creaciones. Ofelia, loca de desesperación, va cogiendo flores a orillas de un río, cae al agua y muere.
[2] En el sentido de usar de, como se dice de las armas.