jueves, 26 de enero de 2012

En el Niágara.

Para 1864, Pombo tenía una relación con la venezolana Socorro Quintero, con quien no formalizó nada al parecer por su apurada situación económica. El año anterior, el triunfo de la revolución de Mosquera lo había dejado cesante.
El desengaño amoroso y la muerte de paisanos conocidos lo vuelve a sumir en la melancolía y a proferir unas estrofas ciertamente misantrópicas. En esos días vuelve a la revisión del manuscrito de la Hora de tinieblas. Tales  eran los sentimientos que entraron en la composición de la oda En el Niágara.



En el Niágara.

Contemplación.

Dedicada en prenda de respetuosa admiración y de profundo reconocimiento a la señora María Juana Christie de Serrano.

¡Ahí estás otra vez! El mismo hechizo
que años ha conocí: monstruo de gracia,
blanco, fascinador, enorme, augusto;
sultán de los torrentes
muelle y sereno en tu sin par pujanza.
¡Ahí estás, siempre el Niágara! Perenne
en tu extático trance, en ese vértigo
de voluptad tremenda, sin cansarte
nunca de ti, ni el hombre de admirarte.
                                                          
¡Cómo cansarse! La belleza activa,
la siempre viva porque siempre pura,
no puede fatigar. Hija perfecta
-sin medio humano- del excelso fiat
que perpetuaron leyes inviolables
en su incesante acción; mimada hermana
del firmamento, de la luz, del aire;
huésped no expulsa del Edén perdido:
Esta hermosura es creación constante
y original, donde trasciende el soplo
de su Autor soberano. Algo nos dice
que allí está Dios: El néctar de embeleso
y de reparación que a un tiempo mana.
Al contemplarla, en nuestro fondo bullen
los dormitados gérmenes divinos,
cual hierve al sol el ánima viviente
de  la Naturaleza; y surge ansioso
el amor de familia, el de la eterna
e indisoluble; y, como al mar la gota
emancipada al fin de térreos lazos,
como del pecho de la madre el niño,
mudos de íntimo gozo nos prendemos
en comunión de eternidad con ella.

¿Podrá Dios fatigar? ¡Ah! En lo que hastía
hay encanto letal, triste principio
de inercia, hostil a Dios, germen de muerte,
gangrena de las almas secuestradas
de su raudal vivífico…
                                               Mas, ¿dónde
mi mente descendió? Llámala al punto,
oh Niágara, y en ti la imagen vea
de las almas triunfantes; mire al héroe
sublime en su martirio; al genio mire,
sereno en la conciencia de su fuerza.
Distráeme, diviérteme, museo
de cataratas, fábrica de nubes;
mar desfondado al peso de tus ondas;
columnas que un omnipotente Alcides
descolgó del Olimpo, entre dos vastos
Mediterráneos piélagos de un mundo[1].

Sigues, gigante excéntrico, gozando
tu solitaria, inmemorial locura,
digna de un dios. Descadenada sueltas
del valle por la rápida pendiente
tu oceánica mole; y poseído
del rapto a que impetuoso te abandonas,
ebrio del regocijo de tu fuerza,
no adviertes que ya el hombre ha sorprendido
este retozo de titán, violando
la agreste soledad; y que en tus bordes
la hormiga semidiós bulle, y se empina
a medirse contigo… ¡Ah, qué te importa!
No cabes en la tierra, y de un arranque
vas a tomar por lecho el Oceano[2].

De los más lejos términos del globo
a visitarte vienen y a elevarse
con tu contemplación, reconociéndote
sin rival hermosura. En tus orillas
un sentimiento en lenguas mil proclama
la grandeza de Dios y el inocente
triunfo de la inmortal Naturaleza.
Heredia te tributa entusiasmado
el Niágara de su alma, pavoroso
muy más que el de tus ondas; el activo
cíclope anglosajón, probando al mundo
que es digno amo de ti, con puente aéreo
salva tu abismo inmenso; y por su mano
te da su abrazo atlético de hierro
esto que el hombre (insecto de un instante
y atolondrado por su instante) llama
la Civilización. El cielo mismo
tiende a tus pies esos divanes de ángeles,
nácar del firmamento; y oponiendo
a un puente, mil; al arte de los hombres
el del Señor, suspende caprichoso,
-cual la sonrisa de la paz del alma
entre los estertores del que muere-,
su iris tranquilo en medio a tu desastre.

Basta para tu gloria, insigne muestra
del manantial de las bellezas, ara
de la perpetua admiración del hombre.
Yo nada podré darte, aunque aspirara
a unir mi nombre a tu famoso nombre;
que soy la misma sombra que otro día
a tus umbrales se asomó impasible,
fantasma evanescente que en silencio
va atravesando entre tu niebla fría…
Si al estruendo volcánico, profundo
de tu derrumbamiento, cimbra en torno
la tierra estremecida, el viento llora,
y aun tu cuenca de piedra conmovida
sonora te responde ¡ay! Entretanto
sordo mi corazón no te percibe,
ni en mi alma hierve el frenesí del canto.

Pero, ¿qué a ti, si el mismo de aquel día
ahí estás, en tu pompa y magno aliento;
como yo aquí, perenne en mi aislamiento
y en su tedio infinito el alma mía?
Hoy te recorren otra vez mis ojos,
mustios y melancólicos como antes.
Divino anfiteatro
do entre un misterio de borrasca y nieblas
luchan, cual en eterna pesadilla,
monstruos de roca y amazonas de agua.
En mí no hay lucha, no; y en tu presencia,
más que tu alta beldad me maravilla
mi absorta postración, mi indiferencia.





Ese lago de leche que dormido
yace a tus pies, esas tendidas hojas
de cuajada esmeralda, opacas, turbias,
manto marino que tu cauce vela,
cuyas inertes, aplanadas olas
atónitas al golpe, ignoran dónde
seguir corriendo; ese ancho remolino
que abajo las aguarda, y retorciéndose
al empuje del mar que lo violenta
yérguese al centro y, cual pausado boa,
en silencio fatal se enrosca y nunca
suelta la presa que atrayente arrolla:
Allí más bien estoy; ese el mar muerto
de mi existencia y el designio arcano
que en giro estéril me aletarga y hunde.

¿Dónde, oh Heredia, tu terror? Lo anhelo
y no puedo encontrarlo. ¡Ah! No serías
tan infeliz cuando esto te aterraba.
Si aquí la dicha palidece y tiembla,
aquí por fin respira
la desesperación: sobre estos bordes
alza ella sus altares, de ese abismo
en el tartáreo fondo,
a voluptuosidades infernales
un genio tentador lo está llamando…
No, nada alcanza a dar pavor en toda
la alma Naturaleza; el mal más grave
que hace, es un bien: servirnos una tumba,
un lecho al fatigado. Ella es un niño,
-siempre inocente y candorosa y dulce-,
nodriza en fin que la bondad del Cielo
concedió al hombre…
                               ¡El hombre! Ése es el monstruo
(bien lo supiste, Heredia), ése es el áspid
cuyo contacto me estremece; el áspid
que cuerpo y alma pérfido emponzoña,
sempiterno Satán de ajenas vidas
y aun de la propia; turbador de tanto
terrenal paraíso que Natura
brinda obsequiosa, y de cualquiera escena
de orden y paz: beldad que a su memoria
presentará la aborrecida imagen
del malogrado bienestar celeste.
¡El hombre, injerto atroz de ángel y diablo,
enemigo mortal de cuanto asciende
la escala etérea en descollante copia
de la divinidad…! ¡Aparte, monstruo!
¡Aquí, Naturaleza! Yo a la vista
de este río de truenos –fulgurante
cometa de las aguas- no querría
sino abrazarme dél, como aquel iris
que en su columna espléndida serpea;
y, como él, ni sentido ni sensible,
desaparecer… Eres tan grande, oh Niágara,
es tan irresistible tu embeleso,
tu majestad, que el infortunio humano,
a no haber otro Dios, te adoraría;
Dios de la blanda muerte, a quien en vano
jamás acudiría
a descargar su insoportable peso…

¡Perdón, oh madre mía,
mártir idolatrada! Hoy es la fecha
en que allá en nuestro hogar, alegre un tiempo,
tu nombre festejábamos. Imploro
de hinojos tu perdón. No es culpa tuya
deberte yo tan miserable vida.
Hoy me salvas de nuevo; hoy, por ti sola,
por tu ternura infatigable, ardiente,
tu hijo infeliz se inmola
-se inmola, sí- viviendo nuevamente…

Aquí, al salir del templo, venir usan
los desposados. Su segundo templo,
su ara de amor es esta; aquí se sienten
como fuera del mundo y ya en los brazos
de ese Dios, todo amor, todo clemencia,
que los bendijo; y al más bello y puro
torrente arrojan el jazmín primero
de su fresca guirnalda…

                                               ¡Duerme, duerme,
casta y dulce visión! Duerme al arrullo
del mismo padre Niágara que un día
recién nacida te arrulló[3] y, no ha mucho,
recién feliz te prometió arrullarte.
Duerme, y al par que tus guirnaldas llegue
el perdurable réquiem que él te canta,
llegue a tu alma mi oración profunda,
llegue mi bendición a tu memoria.
¡Bendita porque amaste! Más bendita
por no ser ya mujer, porque moriste
y desapareciste y descansaste
y descansó mi espíritu en tu fosa.
Todo acabó -perfectamente todo-,
como el señor lo quiso… Hoy el ausente
regresa al fin cerca de ti. Bien cerca
estamos otra vez: tú en tu sepulcro
muerta, es verdad… Y yo quizá más muerto
que tú, sobreviviéndome a mi mismo…
¡Silencio! ¡Paz! No turbarán mis voces
a la que fue; más fácil turbarían,
Niágara, tu tremendo arrobamiento.

En ti parece que comienza el mundo,
soltándose de manos del Eterno,
para emprender su curso sempiterno
por el éter profundo.
Eres el cielo que a cubrir la tierra
desciendes, y velada en blancas nubes
la majestad de Dios baja contigo.
Siempre nuevo, brillante, en movimiento,
siempre fecundo, poderoso y fuerte
como el vivo raudal de hirviente savia
que de los pechos deslumbrantes brota
de la madre común Naturaleza;
despliegas tu grandeza en tu caída,
y alzas de aquel abismo al firmamento
el himno de la fuerza y de la vida.
Mas para mí la vida es un sarcasmo,
mi mundo ha concluido;
mi alma es hoy incapaz del entusiasmo,
y al quererte cantar, mi canto fuera
del despecho el rugido
o un de profundis de cansancio y muerte.

Por variar de tedio únicamente
a contemplarte, Niágara, he venido;
y al volverte la espalda indiferente,
limpio de tu vapor mi helada frente
y te pago tu olvido con olvido.



Julio 26 de 1864.

Anota Pombo que, en el otoño de 1856, un condiscípulo y copartidario suyo, Alejandro Sarmiento atravesó nadando el Niágara por entre el pie de la catarata y el remolino. Ante el aplauso de los circunstantes, se lanzó a repetir la hazaña y casi muere en el intento, si no lo saca un bote de la policía cuando sufrió un calambre. En 1862, murió en el asalto que dio al cuartel de la fuerza liberal en Turmequé, Boyacá. Llorado como patriota e ídolo favorito, su muerte y la de otros, dice Pombo, “entró en los sentimientos que dictaron esta composición”. Pombo compuso otro poema en que compara la belleza de una muchacha con la del Niágara. Mas allí la importancia de éste es secundaria.


[1] El Niágara no es, como nuestro Tequendama, una catarata, sino una vastísima línea de cataratas, caprichosamente dispuestas. El contraste que hace con el estrecho, altísimo, sombrío y pavoroso Tequendama, no puede ser más completo. [Esta nota, con el subrayado, aparece en El Repertorio Colombiano, agosto de 1879, de donde tomamos el texto. Es el mismo que usó Antonio Gómez Restrepo para la edición oficial de Pombo] Subrayamos nosotros que los contemporáneos parecían no tener conocimiento del Iguazú.
[2] Aquí grave, por la medida del verso. Heredia dijo también: no rebose en la tierra el Oceano.
[3]En la vecina ciudad de Búfalo. Las guirnaldas a que luego se alude son las sepulcrales, muy numerosas en los cementerios norteamericanos. [Esta nota, con el subrayado, aparece en El Repertorio Colombiano, agosto de 1879]

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